Párrafos Hijos de la calle


Las semanas pasaban y Javier cada vez lo llevaba peor. No acababa de hacerse a estar recluido, no se acostumbraba. Echaba demasiado de menos su libertad. Lo que hubiera dado por ser libre, por echar a correr sin mirar atrás. Intentaba tener la cabeza entretenida, no pensar para no darle vueltas, pero era imposible. Era superior a él. Se sentía como un pájaro enjaulado al que echaban de comer todos los días, como un mono de feria amaestrado haciendo en todo momento lo que le decían a cambio de unos cacahuetes. Y no aguantaba más. Siempre que podía se ponía a mirar por la ventana. Observaba a la gente pasar y se imaginaba estar ahí fuera, disfrutando de la vida, haciendo lo que quisiera sin rendirle cuentas a nadie. Pero en lugar de eso tenía que estar en ese maldito reformatorio, encerrado todo el día. Sólo por haberlo dicho un juez. Por considerarle una amenaza para la sociedad. ¿Acaso le conocían? ¿Quiénes eran ellos para encerrarle?
 
Durante un par de horas mezclaron el hachís con el perico y recordaron los viejos tiempos. Cayeron unas buenas cervezas entre pecho y espalda y Tito seguía sacando tercios para él y para su amigo. A Javier ya le dolían las narices de tanto meterse y moqueaba sin parar. Tenía el paladar y las encías dormidas y cuando empezaba a notarlas de nuevo, se metía otra loncha que se las volvía a anestesiar, volviendo a aparecer ese sabor amargo tan característico y tan peculiar. Y porro tras porro, tiro tras tiro, llegó la hora de irse. Salieron a la calle, Tito arrancó la moto y pusieron dirección hacia el garito en donde habían quedado. Ya iban bastante morados, pero la noche aún era joven y quedaba mucho por hacer

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